Viajes

Salitre y silencio: Mi vida en la Isla de Piedra

Desde aquí, la costa de Bueu parece otro mundo, una línea borrosa en el horizonte que nos recordaba, día tras día, que estábamos solos. A menudo me preguntan por qué nos quedamos, por qué insistimos en echar raíces en una roca batida por el viento donde la electricidad era un sueño y el médico una urgencia que a veces no llegaba a tiempo. La respuesta, supongo, está en la sangre y en la sal.

Mi abuelo llegó aquí cuando la isla era apenas un feudo privado, un trozo de tierra flotante propiedad de la familia Riobó. Nosotros no éramos dueños de la tierra que pisábamos, ni de las casas de piedra que levantamos con nuestras propias manos; éramos la colonización Isla de Ons. Pagábamos renta por existir aquí, un tributo que a menudo se cobraba en capturas de pesca o en trabajo. Pero aunque los papeles dijeran que la isla era de otros, el viento del norte y los tojos sabían que Ons nos pertenecía a nosotros, a las familias que aguantábamos los inviernos.

La vida se regía por el mar. No había relojes, solo mareas. Nos levantábamos antes de que el faro apagase su luz giratoria para empujar las dornas al agua. Pescar el pulpo no era un oficio, era una batalla diaria contra el Atlántico. Las mujeres, guerreras invisibles, curaban el pescado al sol, cuidaban los pequeños huertos que crecían milagrosamente entre la arena y la piedra, y mantenían el fuego encendido cuando el temporal nos dejaba aislados durante semanas.

Recuerdo el miedo reverencial al Burato do Inferno. Nos decían que allí se escuchaban los lamentos de las almas que el mar se había llevado. Y es que vivir en Ons significaba convivir con la muerte y la belleza a partes iguales. No teníamos comodidades, y el agua dulce era oro líquido que había que racionar en los veranos secos.

Sin embargo, había una libertad salvaje en nuestra pobreza. La comunidad era una sola familia extendida; si un vecino enfermaba, todos compartíamos el caldo. Las fiestas de Santa Cristina no eran grandes banquetes, pero tenían la alegría sincera de quienes han sobrevivido a otro año de tormentas.

Hoy, la isla se llena de turistas en verano que buscan la foto perfecta del atardecer. Pero cuando el último barco se va y el silencio cae sobre el archipiélago, todavía puedo escuchar el eco de nuestras pisadas, de los verdaderos colonos que domamos la piedra y amamos este lugar cuando no era un paraíso, sino una trinchera de vida en medio del océano.