Vivo en una casa que mira al mar desde hace más de veinte años y, aunque el Atlántico es precioso, también es implacable. La humedad se cuela por todas partes, el frío se instala en las paredes como un inquilino silencioso y, con el tiempo, las fachadas antiguas empiezan a contar historias de grietas, manchas y desconchones que nadie quiere leer. Hace unos meses decidí que ya era suficiente y me lancé a buscar soluciones serias. Fue entonces cuando descubrí las posibilidades reales del revestimiento de fachadas Narón, una opción que va mucho más allá de un simple lavado de cara y que, en realidad, actúa como un escudo inteligente contra lo que el clima gallego lanza cada invierno.
Los materiales modernos que se utilizan hoy en día no tienen casi nada que ver con los revoques tradicionales. Hablamos de sistemas de aislamiento térmico por el exterior (SATE) con paneles de grafito expandido o lana mineral de alta densidad, recubiertos por morteros acrílicos o siliconados que repelen el agua como si fueran hojas de nenúfar. Lo que más me impresionó fue comprobar la diferencia en eficiencia energética. Antes, en los días de viento del norte, la caldera trabajaba sin descanso y la factura de gasoil se disparaba. Ahora, con el nuevo revestimiento, la casa retiene el calor como nunca. En las noches más frías de diciembre apenas noto la diferencia entre dentro y fuera de casa, y eso se traduce en menos consumo y en una sensación de confort que no sabía que me estaba perdiendo.
Pero el cambio no se queda solo en lo térmico. La humedad era el gran enemigo invisible. Las manchas negras en las esquinas del salón, el olor a cerrado que aparecía cada vez que llovía tres días seguidos, las pequeñas gotas que perlaban las paredes interiores… todo eso ha desaparecido. Estos sistemas ventilados permiten que la fachada respire, expulsando el vapor de agua hacia el exterior sin dejar que se condense dentro de la pared. Es como si la casa hubiera aprendido a transpirar correctamente después de años de asfixia. Y lo mejor: todo el proceso se hizo desde fuera. No tuve que vaciar habitaciones ni convivir con obreros dentro de casa durante semanas. Los andamios se montaron, trabajaron con precisión y, cuando se fueron, la casa parecía otra.
Lo que nadie me había contado es el impacto visual en toda la calle. Mi fachada estaba pintada de un gris apagado que se había desteñido con los años. Elegí un tono arena cálido con acabado texturizado que imita la piedra natural, y de repente la casa recuperó personalidad. Pero no fui el único que lo notó. Los vecinos de al lado empezaron a preguntar, el de enfrente cambió también las ventanas y, en menos de un año, la calle entera parece haber despertado. Hay una luz distinta, una uniformidad elegante que no existía antes. La gente que pasa caminando se para a mirar, y más de uno me ha dicho que ahora la calle parece de otro pueblo, de esos que salen en las postales. No es solo estética; es dignidad recuperada para un conjunto de casas que habían envejecido mal.
Cada vez que salgo al balcón y veo cómo el agua resbala sin dejar rastro, cómo el viento ya no entra por las rendijas, cómo la calefacción se mantiene en niveles razonables incluso cuando la niebla cubre todo, me doy cuenta de que no fue una reforma más. Fue una decisión práctica, cómoda y, al mismo tiempo, profundamente transformadora.