Viajes

Calas vírgenes y aguas cristalinas en el corazón del parque nacional

La costa de Ons tiene una cualidad difícil de transmitir únicamente a través de fotografías. El paisaje combina tramos rocosos, pequeñas ensenadas, aguas de tonos cambiantes y arenales que conservan una apariencia sorprendentemente natural pese a recibir visitantes durante los meses de mayor actividad turística. Quien llega al archipiélago con la intención de descubrir las mejores playas de Ons encuentra espacios muy distintos entre sí, desde zonas protegidas y próximas a los principales caminos hasta arenales donde la sensación de aislamiento es mucho mayor y donde el sonido del mar domina casi por completo el ambiente.

Area dos Cans es uno de los primeros nombres que aparecen cuando se empieza a recorrer la isla. Su situación y su carácter tranquilo la convierten en una opción muy atractiva para quienes buscan un baño sin alejarse demasiado de las zonas más transitadas. El entorno conserva ese aspecto atlántico que define buena parte de la costa de Ons: vegetación próxima a la arena, granito y un mar cuya transparencia depende tanto de la luz como del estado del cielo. En jornadas despejadas, el agua adquiere tonalidades que recuerdan más a latitudes meridionales que a la fachada atlántica gallega.

El acceso relativamente sencillo hace que sea una alternativa especialmente interesante para familias y visitantes que no quieren emprender una caminata larga antes de llegar al mar. Conviene, aun así, tener presente que el terreno de la isla no siempre es completamente regular. Las personas con movilidad reducida o quienes viajan con niños pequeños deberían valorar las condiciones del camino antes de desplazarse y evitar cargar con material innecesario. En Ons, una mochila ligera suele ser más útil que una bolsa de playa voluminosa.

A medida que se avanza por la isla, el paisaje cambia y aparecen rincones que transmiten una sensación más acusada de naturaleza abierta. Melide es probablemente el arenal que mejor representa esa imagen. Su arena clara, el entorno poco urbanizado y la amplitud visual convierten la llegada en uno de esos momentos que justifican la caminata. No es una playa a la que se deba acudir con prisas. Parte de su atractivo está precisamente en el recorrido previo, en esa progresiva pérdida de referencias urbanas hasta que la costa se abre y aparece el arenal.

La blancura de la arena de Melide contrasta con el azul del agua y con los tonos verdes y ocres de la vegetación circundante. Durante las horas centrales del día puede convertirse en uno de los espacios más buscados de la isla, aunque mantiene una estética mucho más natural que la de los arenales urbanos del continente. Es recomendable llevar agua suficiente, protección solar y algún alimento ligero, especialmente si la visita forma parte de una ruta más larga por Ons. El sol atlántico engaña con facilidad: la brisa puede reducir la sensación de calor mientras la exposición sigue siendo intensa.

Ese es precisamente uno de los puntos que más conviene recordar al preparar la mochila. Una gorra o sombrero, crema solar, agua, algo de comida, una prenda ligera para protegerse del viento y calzado adecuado resultan mucho más útiles que cargar con numerosos accesorios de playa. Quien planea combinar baño y senderismo debería evitar las chanclas como único calzado. Los caminos de Ons alternan tramos cómodos con zonas donde el terreno puede resultar irregular, y caminar varios kilómetros con un calzado poco estable termina convirtiéndose en una mala decisión.

Las normas de conservación adquieren aquí una importancia especial. Ons forma parte de un espacio protegido y la visita exige asumir que la prioridad es conservar los valores naturales del archipiélago. No se trata únicamente de no dejar basura visible. También conviene evitar arrancar plantas, alterar zonas de dunas, abandonar restos orgánicos o dejar cualquier residuo pensando que terminará degradándose. Una piel de fruta, un pañuelo de papel o un pequeño envase pueden parecer insignificantes de forma aislada, pero multiplicados por miles de visitantes alteran un entorno que precisamente se visita por su carácter natural.

La observación de la fauna requiere la misma prudencia. Las aves marinas forman parte esencial del ecosistema insular y deben contemplarse a distancia, evitando acercamientos innecesarios a áreas de cría o descanso. Tampoco tiene sentido convertir cada encuentro con un animal en una oportunidad para obtener una fotografía a pocos centímetros. En un parque nacional, la experiencia mejora cuando el visitante acepta que no todo debe tocarse, acercarse o modificar su comportamiento para ofrecer una imagen mejor.

En los arenales, la ausencia de grandes infraestructuras es parte de su encanto, pero obliga a planificar el día de otra manera. No siempre habrá un servicio a pocos metros donde comprar agua o comida, y ese pequeño grado de autosuficiencia es precisamente lo que permite conservar la sensación de estar en un espacio poco transformado. Llevar lo necesario y regresar con absolutamente todo lo que se ha llevado debería formar parte de la rutina de cualquier visitante.

La accesibilidad varía considerablemente de una playa a otra y conviene no interpretar la distancia en un mapa como una medida exacta de dificultad. Un trayecto corto puede incluir pendientes o firme irregular, mientras que otro algo más largo puede resultar cómodo para una persona acostumbrada a caminar. En días de mucho calor, además, las distancias parecen mayores. Reservar las horas más suaves para los desplazamientos largos suele ser una buena decisión, especialmente si se quiere llegar a Melide sin convertir la caminata en un esfuerzo innecesario.

El baño también exige la prudencia habitual en cualquier costa atlántica. La claridad del agua no implica que el mar esté siempre en calma y las condiciones pueden cambiar. Antes de entrar conviene observar el comportamiento de las olas, prestar atención al viento y no alejarse en exceso de la orilla si no se conoce bien la zona. Las playas naturales ofrecen una experiencia extraordinaria precisamente porque no están sometidas al mismo nivel de transformación y control que un arenal urbano.

Una jornada ideal en Ons puede combinar varios de estos espacios sin necesidad de recorrerlos todos. Detenerse en Area dos Cans durante la mañana, continuar después por alguno de los caminos de la isla y terminar en Melide proporciona una visión muy completa de cómo cambia la costa en apenas unos kilómetros. Entre ambas playas aparecen acantilados, pequeñas calas y perspectivas sobre el océano que recuerdan constantemente que el gran atractivo del archipiélago no reside únicamente en la arena.

Cuando la tarde empieza a caer y buena parte de los visitantes se dirige de nuevo hacia el embarcadero, las playas recuperan poco a poco una calma distinta. La luz se vuelve más baja, el mar adquiere tonos más oscuros y el paisaje parece desprenderse del ritmo turístico de las horas centrales. Caminar entonces con la mochila ligera, el calzado todavía cubierto de arena y la sensación de haber pasado el día en un entorno protegido ayuda a comprender por qué Ons no debería visitarse como una simple colección de playas, sino como un territorio natural en el que cada arenal forma parte de un paisaje mucho más amplio.