Admitámoslo: a nadie le apetece sentarse un martes por la tarde a planificar su propio funeral. Es un tema que tendemos a esquivar, casi por superstición, como si al ignorarlo pudiéramos posponer lo inevitable. Sin embargo, hace unos meses, tras ver el caos administrativo y económico que sufrió un amigo cercano al perder a un familiar, cambié el chip. Entendí que contratar un seguro de decesos no es «llamar a la mala suerte», sino un acto de amor y responsabilidad hacia quienes se quedan.
Pero, ¿cual es el mejor seguro de decesos? Me lancé a investigar y pronto me di cuenta de que no existe una respuesta única. El «mejor» no es el más barato ni el que sale en el anuncio de televisión; es el que mejor se adapta a tu momento vital. Aquí comparto las claves que aprendí en mi búsqueda.
- Entendiendo el precio: La clave de la «Prima»
Lo primero que me confundió fueron los tipos de pago. Descubrí que elegir mal aquí puede salir muy caro a largo plazo. Tuve que decidir entre tres opciones:
Prima Natural: Es muy barata cuando eres joven, pero sube drásticamente a medida que cumples años. Descarté esta opción porque, aunque ahora pagaría poco, cuando sea mayor (que es cuando más riesgo hay) la cuota podría volverse impagable.
Prima Nivelada: Pagas un precio más alto al principio, pero se mantiene constante casi toda la vida (salvo subidas del IPC). Esta fue mi elegida. Prefiero la estabilidad de saber que, cuando tenga 75 años, no tendré sorpresas en la factura.
Prima Mixta: Una mezcla de las dos anteriores. Empieza baja y se nivela a cierta edad.
- El servicio es más importante que el ataúd
Al principio pensaba solo en los gastos del sepelio (féretro, flores, coche fúnebre). Sin embargo, aprendí que el verdadero valor de este seguro es la gestión administrativa.
Cuando alguien fallece, el papeleo es abrumador: certificados de defunción, pensiones de viudedad, bajas en la Seguridad Social, etc. Para mí, el mejor seguro debía incluir obligatoriamente un servicio de gestoría completo. No quiero que mi familia tenga que pelearse con la burocracia mientras está de duelo. También valoré extras modernos como el borrado de huella digital (cerrar mis redes sociales) y el testamento online.
- La letra pequeña: Carencia y Repatriación
Leí con lupa las exclusiones. Me fijé especialmente en el periodo de carencia (el tiempo que debe pasar desde que contratas hasta que el seguro es efectivo). Algunos seguros no te cubren si falleces por enfermedad en los primeros meses.
Por último, me planteé mi ubicación. Si viajo mucho o planeo vivir fuera, la repatriación es vital. Trasladar un cuerpo de un país a otro es costosísimo. Asegurarme de que la póliza cubriera traslados internacionales sin límite fue decisivo para mí.
Al final, el mejor seguro de decesos para mí fue aquel que me ofreció una prima nivelada (para proteger mi economía futura) y una asistencia administrativa total (para proteger la salud mental de mi familia). Firmar la póliza no me dio miedo; me dio una inmensa tranquilidad. Dejar todo resuelto es el último regalo que puedo hacerles.