Hay algo en el puerto de Baiona que te prepara para la aventura incluso antes de poner un pie en la cubierta. Quizás sea la sombra imponente del Castillo de Monterreal o esa brisa que entra directamente desde el Atlántico abierto, pero coger el barco a cíes desde baiona tiene un misticismo especial. Mientras esperaba en el muelle, con la mochila al hombro y el sol de la mañana empezando a calentar el granito, sentí que no estaba haciendo un simple trayecto turístico, sino siguiendo una ruta marítima cargada de historia.
El inicio del viaje en la Villa Real
Elegir Baiona como punto de partida fue una decisión estratégica y sentimental. A diferencia del bullicio del puerto de Vigo, salir desde la Villa Real ofrece una navegación más integrada con la costa. Al comprar el billete, recordé lo importante que es tener la autorización de la Xunta descargada en el móvil; sin ese código QR, el paraíso sigue teniendo las puertas cerradas.
Una vez a bordo, el sonido de las amarras soltándose marcó el inicio de la desconexión. Al dejar atrás la bahía, la perspectiva de la Fortaleza de Baiona desde el mar es sencillamente espectacular. Es el momento en que todos los pasajeros sacamos el móvil para la primera foto, pero pronto el paisaje te obliga a guardar el dispositivo y simplemente respirar. El barco corta el agua con una suavidad hipnótica mientras nos dirigimos hacia la bocana sur del archipiélago.
Navegando entre leyendas
Lo que más disfruto de este trayecto es ver cómo las Cíes van creciendo en el horizonte. Desde Baiona, la aproximación te permite bordear parte de la costa de la península de Monterreal antes de enfilar hacia el canal. El agua cambia de color, pasando de un azul profundo a ese turquesa cristalino que ha hecho famosa a la Playa de Rodas. En los aproximadamente 40 minutos de viaje, tuve la suerte de ver una manada de arroaces (los delfines mulares de nuestras rías) saltando cerca de la estela del barco, un presagio perfecto de lo que me esperaba en tierra firme.
Desembarcar en el muelle de las Cíes tras haber salido de Baiona te da una sensación de haber cruzado una frontera invisible. Dejas atrás la civilización para entrar en un Parque Nacional donde el tiempo se mide por las mareas y el grito de las gaviotas.
Consejos para tu embarque en Baiona:
Puntualidad gallega: Llega al menos 30 minutos antes. El aparcamiento en Baiona en verano puede ser un reto, así que ven con tiempo para dejar el coche en el parking del puerto.
Protección náutica: Aunque haga calor en tierra, la brisa en el barco es traicionera. Una sudadera ligera y mucha crema solar son tus mejores aliadas.
Cámara lista: El paso por delante de la Virgen de la Roca desde el mar ofrece un ángulo único que no verás desde tierra.
Al bajar por la pasarela y sentir la arena finísima de Rodas bajo mis pies, supe que haber elegido Baiona para comenzar el día había sido el primer acierto de una jornada inolvidable.