Cacaos y chocolates

Selección de cacao para auténticos amantes del chocolate

Hay quien compra una tableta como si agarrara una botella de agua en la gasolinera: sin mirar, sin dudar, sin saborear. Luego están los que leen etiquetas como si fueran telegramas del destino, olfatean el envoltorio y debaten sobre notas de ciruela, cedro o pan tostado. Para ellos, y para cualquiera que sienta curiosidad por lo que hay detrás de un mordisco memorable, la expresión cacaos chocolateria no es un trabalenguas sino una brújula: apunta a orígenes, procesos y decisiones que transforman un fruto amargo en una historia comestible. El cacao no es una comodidad sin alma; es un pasaporte con sellos de selvas, fincas y manos que conocen el tiempo exacto en que el grano deja de ser promesa y se vuelve carácter.

Los granos tienen apellidos y temperamentos. Criollo es el aristócrata difícil, delicado de cultivar y pródigo en aromas florales y frutales que coquetean con la vainilla natural; Forastero es el trabajador incansable, robusto, abundante, más lineal en sabor pero indispensable para el músculo de la industria; Trinitario, hijo de ambos, mezcla resiliencia con complejidad. Y aún dentro de cada familia, el terroir afina el acento: un lote de Madagascar puede cantar a frutos rojos y cítricos, mientras uno de Ecuador (Nacional fino de aroma) murmura jazmines, nueces y plátano maduro. Esa pluralidad no es esnobismo, es botánica y geografía manifestándose en la lengua; si alguien oye a un chocolatero hablar de “acidez viva” o “taninos pulidos”, no está improvisando poesía, está describiendo química en verso libre.

La personalidad del cacao no nace solo del árbol, se cincela en la postcosecha. La fermentación, esa fiesta controlada de levaduras y bacterias, convierte amargos crudos en precursores de sabor; demasiado corta y el chocolate sabe a cartón con musculatura, demasiado larga y aparece un drama de acetatos que nadie pidió. El secado, paciente y solar, fija el rumbo, y el tueste remata la obra: un perfil ligero respeta los cítricos saltarines, uno más intenso realza amargos elegantes y notas de caramelo. En talleres pequeños, donde el “bean-to-bar” es credo, el maestro tuesta como quien ajusta la luz de una escena; en producciones masivas, el foco suele buscar uniformidad antes que matiz. No es que una cosa sea pecado y la otra santidad, pero si usted persigue emoción, suele hallarla donde el control se ejerce lote a lote, no a escalas planetarias.

La cifra del porcentaje, convertida en mantra de aparente sofisticación, engaña a más de uno. Setenta por ciento de nada sigue siendo nada, y un sesenta y cinco con granos impecables, una fermentación precisa y azúcar bien integrada puede ofrecer una experiencia más nítida, larga y brillante. El azúcar, cuando acompaña y no acapara, es el telón que deja lucir al protagonista, no el actor que roba cámara; similar historia con la manteca de cacao adicional, que bien empleada redondea textura y fundencia, pero mal usada maquilla aristas que deberían hablar. Si la lista de ingredientes asusta por lo extensa, confíe en su intuición: cacao, azúcar y, si aparece, manteca de cacao. La lecitina puede tener su razón de ser; la vainilla natural, también. Los “sabores idénticos al natural” son como los filtros excesivos en redes: todos sabemos qué esconden.

Quien compra por origen no lo hace para presumir nombres exóticos, lo hace por rastrear perfiles. Piura o Porcelana en Perú puede traer luz floral y almendrada; Chuao en Venezuela es sinfonía de frutos secos y miel; Soconusco en México cuenta historias antiguas de cacao ancestral; Sierra Leona y Ghana, tan a menudo encasillados, están destapando lotes finos que merecen voz propia. Cada región es un lenguaje distinto, y cambiar de barra es cambiar de dialecto. A ello súmele la estación de cosecha, el cuidado en el transporte y la frescura: los cacaos, como el café, se desvanecen si pasan meses mal almacenados, con calor o luz indiscretos. El mejor lugar para una tableta no es el refrigerador, por cierto; la humedad es enemiga íntima del buen mordisco.

El bolsillo también vota, y detrás del precio hay sueldos, fermentarios bien gestionados, logística y a veces etiquetas más caras que el contenido. La compra informada no exige cartera de lujo, exige preguntas: ¿de dónde vienen los granos?, ¿qué cooperativa o finca está detrás?, ¿hubo comercio directo o certificaciones verificables?, ¿cuánto se tuesta y por qué? No se trata de politicar un gusto, se trata de apoyar prácticas que eviten trabajo infantil, paguen bien la materia prima y conserven biodiversidad. Hay casas pequeñas con trazabilidad impecable y otras grandes que están haciendo esfuerzos reales por cambiar; la transparencia escrita y el silencio elocuente suelen delatarlos a ambos.

El paladar, que es democrático y caprichoso, aprende con la práctica. No hace falta sacar un doctorado para saborear; basta con un trozo del tamaño de una uña, dejar que se funda sin masticar a la primera, respirar por la nariz y escuchar. Primero llegan los volátiles: flores, frutas, cáscaras cítricas; luego aparecen tostados, especias, frutos secos; al final, los amargos nobles o los taninos más serios. Si no oye nada, quizá la barra necesita otra oportunidad a distinta temperatura o quizá ese perfil no es para usted. Nada de culpa: hay días de lluvias y barras brillantes, y hay días de cabeza ruidosa y cacao tímido. Un vaso de agua, nada de perfumes invasivos alrededor y una mesa tranquila hacen más por la degustación que cualquier adjetivo sofisticado.

Las combinaciones pueden convertir una buena tableta en una experiencia coral. Un trozo con alto contenido de cacao dialoga distinto con queso de cabra cremoso que con un parmesano quebradizo; un origen con notas de frutos rojos encuentra eco en un café lavado con acidez chispeante, mientras un perfil más nuez y pan tostado se abraza con té negro de hoja grande. La sal en escamas, usada con pudor, abre sabores como si subiera el telón; las frutas secas no dulzonas aportan textura; el pan de masa madre, tostado con cariño, pone base y aplomo. Quien quiera jugar puede anotar en una libreta, no para coleccionar puntos, sino para recordar qué le hace sonreír a las once de la noche cuando el mundo pide una tregua.

La tienda ideal no siempre está en la esquina, pero internet acorta las distancias y las ferias de productores acercan manos e historias. Leer etiquetas se convierte en deporte: si hay fecha de elaboración y no solo de caducidad, mejor; si se detalla porcentaje de cacao de origen específico, fantástico; si aparecen “aromas añadidos” sin apellido, sospeche. Pregunte por lotes limitados, por ediciones de cosecha, por barras que cuenten la postcosecha con fotos y nombres propios. Y si el envoltorio es bello pero la tableta llega blanqueada, con “fat bloom” de mala conservación, no tema reclamar; el respeto también se mide en el viaje hasta su boca.

Ver a alguien despertar a esta cultura es un pequeño milagro moderno: de repente el chocolate deja de ser “dulce” y pasa a tener rostro, clima, decisiones humanas. Hay quien, tras probar tres orígenes seguidos, descubre que prefiere acideces juguetonas frente a amargos hieráticos; hay quien se enamora de la textura más que del aroma y busca conchas largas que pulen la astringencia hasta volverla seda. En ese camino, lo único irrenunciable es la curiosidad. Lleve una barra en el bolso, otra en casa y una tercera para regalar a esa persona que aún cree que todos los chocolates son iguales; quizá, al compartir un trozo y una historia, descubran que el cacao tiene tantas voces como ganas de escucharlas.